Fracaso olímpico: México en Río 2016

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Ciudad de México (Sputnik).- La escasa cosecha de medallas lograda por México en los JJOO de Río 2016 —tres de plata y dos de bronce, que apenas si alcanzaron para ocupar el lugar 61 en el medallero, cuando hace cuatro años, en Londres, se llegó al 40— fue la confirmación de un fracaso presagiado desde los magros resultados obtenidos en los Juegos Panamericanos de 2015.

Si en los Panamericanos de 2011, a los que sirvió de sede, México obtuvo un honroso cuarto lugar con 42 medallas de oro, 41 de plata y 50 de bronce (133 en total), cuatro años después descendió hasta el sexto con 22 de oro, 30 de plata y 43 de bronce (95 en total), superado por las potencias del hemisferio, Estados Unidos, Canadá, Brasil y Cuba (en ese orden), y por una sorprendente Colombia que recogió los 27 frutos dorados de una política deportiva pensada a largo plazo, la misma política que en Río 2016 la llevó al puesto 23 del medallero (38 en Londres 2012).

Las razones para explicar el olímpico fracaso mexicano en Río —no cabe otro calificativo: las tres preseas conseguidas en un solo día, la víspera de la clausura, fueron tres batallas ganadas en una guerra ya perdida— van más allá del culpable de ocasión, dígase Alfredo Castillo, actual director de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (Conade), y de los puntuales desencuentros de esa entidad con varias federaciones deportivas nacionales y el Comité Olímpico Mexicano (COM) que encabeza Carlos Padilla.

La ausencia de medallas es el resultado de años de bregar con estructuras disfuncionales, recursos deficiente o corruptamente manejados e instalaciones deportivas inapropiadas que impiden el progreso sostenido de las posibilidades deportivas latentes en un país con casi 120 millones de habitantes. Es resultado además, en tanto espejo del entramado social de la nación, de los mismos males que han hecho de México un territorio en el que conviven la riqueza y la pobreza extremas (del multimillonario Carlos Slim al drama del hambre en la sierra Tarahumara), un país en el que las contingencias de su sistema educativo, rehén de las pugnas Gobierno — sindicatos, terminan por filtrase hasta la educación física y su eventual corolario, el deporte de alto rendimiento, rehén de las hostilidades Conade — COM — Federaciones deportivas.

En esa subordinación del deporte a la política habita otro factor que ilustra el fracaso mexicano en Río 2016. Ello explica que puestos directivos estén ocupados por personas sin la formación idónea para ello como pago a favores de naturaleza extradeportiva. El ya mencionado titular de la Conade, se sabe, es abogado de profesión y se ha desempeñado, entre otros cargos, y con más sombras que luces, como procurador de Justicia en el estado de México y como titular de la Comisión para la Seguridad y el Desarrollo Integral de Michoacán.

Ello explica entonces su preocupación por el oscuro manejo de los recursos que reciben del Gobierno las federaciones deportivas nacionales, como si todos los males del deporte mexicano fueran de índole financiera.

Mucho se ha publicitado la recolecta de dinero por parte de púgiles aztecas para asistir al Mundial de Boxeo celebrado en el 2015 en Doha, Catar, donde algunos obtendrían su pase a los Juegos Olímpicos, luego de que la Conade le retirara el apoyo a la Federación Mexicana de Boxeo por diferencias con su directiva.

Sin embargo, la medalla de bronce lograda por Misael Rodríguez en esas condiciones habla más de su capacidad boxística que de la idoneidad de los dirigentes deportivos que lo llevaron a ‘mendigar’ su boleto a Río. ‘Citius, altius, fortius’ (más rápido, más alto, más fuerte)

Para cambiar drásticamente el actual panorama del deporte mexicano, resulta una verdad de Perogrullo que las transformaciones no deben limitarse al entramado directivo y financiero del deporte de alto rendimiento. Es un problema de raíz y no de podas decorativas en el follaje oficinesco de la ‘arboladura’ deportiva.

La eventual detección de talentos apenas si sería el inicio de un trabajo para el que se necesitan profesores de Educación Física que desde la base trabajen con niños y niñas con aptitudes especiales para la práctica del deporte, así como entrenadores capaces de encauzar correctamente esas aptitudes.

En ese sentido, una encuesta del primer trimestre de 2016, cuyas cifras no creo que hayan variado mucho, dibujaba un panorama más bien desolador en cuanto al número de especialistas deportivos existentes y la población del país a la que debían atender: un especialista para 9.404 personas.

Aunque signifique una mejoría respecto a lo existente tres años atrás —un especialista para 14.574 personas—, resulta aún una estadística insuficiente para detonar el talento deportivo en un país que en muchas ocasiones apoya a sus atletas solo después que estos hayan alcanzado cierto nivel de competitividad a nivel internacional, toda vez que el financiamiento público es relativamente exiguo (para el 2014 fue de 37,61 pesos por habitante al año) y el proveniente de la iniciativa privada casi inexistente.

Más aquí: México lamenta el fracaso de su delegación olímpica en Río Sin una política que permita la pronta detección de talentos (citius), sin recursos para desarrollar al máximo sus competencias (altius), sin capacidad para retenerlos y consolidarlos ante las urgencias que a muchos les impone la vida (fortius), México seguirá siendo un país en deuda con la frase pronunciada por el barón Pierre de Coubertin, el padre del olimpismo moderno, al inaugurar los juegos de Atenas 1896, un país donde a trechos aparecerán figuras capaces de brillar en las más importantes justas del orbe, pero nunca la potencia deportiva que se insinúa en su vastedad demográfica y el poder de su economía en el concierto de las naciones.

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